VIC SAnt Jordi

En una fecha tan significativa como la que se celebra hoy en Cataluña, solo se pueden esperar buenas intenciones por parte de los ciudadanos. La jornada de la rosa y el libro ocupa hoy todas las portadas en una sociedad que, por desgracia, está muy fragmentada. Las personas inmigrantes, normalmente, se aíslan con mayor frecuencia y prefieren continuar con sus tradiciones que adaptarse a las de la ciudad donde residen actualmente. Es cierto que esta actitud ha cambiado mucho en los últimos tiempos y que actualmente, las culturas extranjeras se adaptan con más facilidades que antaño.

Citas como las de hoy, que unen y tocan la fibra, son las que tienen un gran peso para unir a la población de un territorio. Esta mañana, merodeando por los trechos más relevantes de Vic, se ha podido comprobar como la tradición de Sant Jordi ha calado más hondo de lo esperado en los extranjeros. No es una citación, es un dato sorprendente en una población donde el 25,7 por ciento es inmigrante. Teniendo en cuenta el porcentaje anterior y que es el primer año que resido en Vic es un hecho que me ha sorprendido. Conocedor de todos los problemas que tienen los inmigrantes para entender y adaptarse a las costumbres de Cataluña, me he alegrado al ver al Pakistaní de la esquina comprando dos rosas a unas chicas que tenían la parada al final de la calle. Tampoco he perdido de vista todos los niños que salían por la puerta del colegio ‘Pare Coll’, la mayoría inmigrantes, con sus presentes de Sant Jordi. Después de ir viendo más situaciones que unían la tradición con el inmigrante, he deducido que las tradiciones que hacen que el individuo se identifique con ellas son las que más aceptación, por unos y otros, tiene.

Los problemas que se perciben en la calle, con la formación de ‘guettos’, la aislación de niños inmigrantes en escuelas por sus compañeros o el trato peyorativo que reciben los extranjeros por parte de la justicia son cosas que hoy quedan extinguidas. Las extingue Sant Jordi, él las derriba la barrera racista con su lanza y le dice al niño catalán que le dé una rosa a su amiga marroquí. Un símil exagerado pero real que ha unido más al pueblo catalán con los inmigrantes que residen en él.

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